Se acabó la juerga

Publié le par Manolo Barrero

Cuando no hace tanto The Economist  glosaba elogiosamente las proezas de nuestra economía, los de la orilla de la izquierda alababan  su rigor profesional,  mientras que los de la otra juraban en arameo. Puede que ya no existan esas dos españas de las que habló el poeta, pero que existen dos orillas que se miran de reojo, eso lo sabe hasta el lucero del alba. Pero a lo que íbamos,  The Economist  ha logrado que sus  detractores de ayer sean sus aduladores hoy, y viceversa y al contario. Con su reportaje titulado,  “Después de la fiesta” menuda tremolina se está armando en las tertulias vespertinas y matutinas. Bien es verdad que unos y otros tienen materia para disertar. En sustancia, el autor del reportaje en cuestión, dejando de lado algunos estereotipos muy manoseados, viene a decirnos lo que cualquier lector de periódicos ya tiene olvidado. En definitiva, que se acabó la juerga. Que el PIB está en caída libre, que el paro está disparado, que hemos entrado en recesión  y que no éramos más que un pequeño gigante con pies de barro. Vaya hallazgo de las narices, dirán algunos y con razón.
Pero quizá no sea eso lo que más hiera el orgullo patrio de la orilla enojada. El cabreo se lo provoca que ese hijo de la Pérfida Albión diga que, José Luís Rodríguez Zapatero ha dejado la dignidad a un lado e importunado a medio mundo para que le prestaran una silla en el G20. Por ahí si que no pasan. Somos una potencia mundial y tenemos derecho a estar entre los grandes de este mundo. La novena potencia mundial en tasa de mercado y la duodécima en poder adquisitivo. Incluso por delante de Canadá que, sin embargo, es miembro del G8. Y, además, somos el séptimo inversor mundial en el extranjero. Y más aún, hasta nos permitimos el lujo de comprar bancos en el reino de su graciosa majestad. O sea, que un poco de respeto, que por muy
The Economist  que seas no sabes con quien estás hablando.
Todo este debate tiene mucho de absurdo y me recuerda – también salvando las distancias - a aquellos otros con los que el régimen anterior entretenía al personal. Las fuerzas del mal no habían podido invadirnos y por eso nos ponían a bajar de un burro. ¡Puta envidia! Ni lo uno ni lo otro es cierto.
The Economist
 tiene razón en varias cosas. Nuestra política exterior ha sido un desastre. Zapatero siempre ha tenido tendencia a mirar más hacia adentro que hacia fuera. Y hoy se encuentra con escollos difíciles de sortear. Y es rigurosamente cierto que ha estado demasiado pendiente de contentar a los nacionalistas. Naturalmente, éstos nunca prestan su apoyo gratis. Y en ocasiones eso dificulta ciertas políticas de Estado. Por muy fino estratega que uno sea, siempre acaba dejando alguna pluma en la gatera.
En definitiva, que no es para tanto. Cuando
The Economist  nos jaleaba porque de cada tres puestos de trabajo que se creaban en la UE, uno lo creábamos aquí, todo era maravilloso. Hoy que pintan bastos queremos retorcerle el pescuezo el mensajero. Eso es lo que se llama objetividad informativa. Y más aún viniendo de sesudos tertulianos, que a poco que te descuides un día de estos te levantes y te enteras de que acaban de inventar el agua caliente. Good-bye , se acabó la juerga, pero seguimos haciendo historia.
(Foto The Economist)

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