Cual mercancía los cargan en autobuses, les
ponen la gorra o el pañuelo y les entregan la bandera que tendrán que agitar hasta la extenuación. Con estos atuendos ya están listos para el sarao. En el interior del recinto
comienza el verdadero curro. Hay que poner en ebullición a la masa para que esté al rojo vivo cuando el jefe haga su aparición. En ese preciso instante ahí estarán las cámaras
para inmortalizar ese momento transcendental. ¡Vaya responsabilidad! Y estos son los que en los primeros años de la democracia ponían a Rodolfo Martín Villa de chupa de domine
porque UCD ponía autobuses y bocadillos para asistir a los mítines de Adolfo Suárez. Aún recuerdo una intervención de Alfonso Guerra en el Palacio de los
Deportes de León, haciendo chascarrillos con Adolf y Rudolf, los autobuses y los bocadillos de sardinas. Hoy sus correligionarios al igual que los del PP hacen exactamente lo
mismo, pero mucho más sofisticadamente.
De cada estómago agradecido hacen un militante e incondicional palmero. Aunque toda su pajolera vida haya sido un zascandil presumiendo de apolítico. Eso es lo de menos. Al fin y al cabo su función no es pensar. Eso ya lo hacen por él. A él lo único que se le pide es entrega y agradecimiento. Si es cargo público y tiene aspiraciones ya sabe lo que tiene que hacer. Y si es cargo de confianza y lo quiere preservar, también sabe lo que tiene que hacer. Si no es nada de eso, pero aspira a serlo, pues lo mismo. Y si tiene intención de colocar al vástago o al sobrino o al primo o al hijo del amigo, pues más de lo mismo. Entrega, entrega y entrega.
Por eso vemos esos esperpénticos espectáculos de agitadores de banderas y aplaudidores profesionales que sonrojan a cualquiera medianamente decente. Es un espectáculo tristísimo verlos comportarse de una manera tan impersonal y borreguil. Siempre atentos al timbre de voz del jefe, sin importarles un bledo lo que esté diciendo en ese momento. Su función es jalear y aplaudir aunque sea la mayor estupidez. En eso han convertido los actos políticos todos estos profesionales de la política. En una masa borreguil y entregada, más por obligación que por devoción. Por eso en estas elecciones la mayoría opina que les va a votar su santa madre y todos esos estómagos agradecidos. Pero no por eso crean que se les caerá la cara de vergüenza. De la abstención, de los votos nulos y en blanco se habla dos días y después todo vuelve a ser como antes. O sea, los pastores siguen pastoreando el rebaño. No obstante, ¡Viva la república!