Desde el comienzo de la crisis
los ciudadanos estamos sometidos a diario a un régimen de ducha escocesa. Caliente, frío y viceversa. A una noticia positiva (siempre de procedencia oficial) le sucede una o un par de ellas
negativas (no controladas por la oficialidad). Y así un día y el otro también. Esta desconcertante situación hace que la ciudadanía – incluida la americana - empiece a
desconfiar cada vez más de sus gurús políticos y de toda su cohorte de expertos. Que dicho sea de paso nos cuestan un Potosí. Muchas de sus inadecuadas medidas no sólo no han surtido el efecto
anunciado, sino que han amplificado los problemas. Aunque en apariencia haya podido proporcionar un alivio pasajero a tal o cual Gobierno. Como por ejemplo los 400 euros de
Zapatero. O esa aberrante y machacona incitación para hacernos cambiar de coche, cuando ellos mejor que nadie saben que la industria del automóvil está herida de muerte. Al menos tal y como la
conocemos en la actualidad. Sin embargo, ya lleva engullidos miles de millones de euros. Y mientras tanto cada día son más los ciudadanos que se instalan en el umbral de la pobreza y también los
que lo traspasan.
Y en esta situación, Zapatero amaga con un giro fiscal hacia la izquierda y a las pocas horas da media vuelta y retorna al punto de partida. Eso es lo que se llama pragmatismo político. Yo diría que sólo es oportunismo político. Y si me apuran añadiré que de baja estofa. Una asignatura que los posibilistas – y lo son casi todos – dominan a la perfección. El meollo de la cuestión es que CIU se cabreó y le dijo que alto o que se atuviera a las consecuencias. Por eso se ha ido al carajo la enmienda pactada con IU, esa que debía gravar a los más ricos. Que tampoco era para tanto. En esto siempre hay más ruido que nueces. Los ricos – con unos o con otros - siempre son los que menos pagan. La mayoría ni siquiera paga, para eso están las sociedades, las fundaciones y toda esa ingeniería contable a su servicio. Con la derecha o con la socialdemocracia los impuestos los pagan los que tienen nómina. O sea, que menos demagogia.