Otro espacio y otras experiencias son posibles
Si el PSOE de Felipe González se despojó del marxismo, el de Zapatero ya se puede afirmar con rotundidad que ha renunciado definitivamente a la transformación social y ecológica de nuestro país. El presidente del Gobierno y Secretario General del Partido Socialista Obrero Español, está cómodamente instalado en esta especie de statu quo seudo "social-liberal" y ahí va a seguir hasta que los votantes lo desalojen de la Moncloa.
Sus retóricos y cansinos discursos sobre la equidad y la protección de los más débiles ya no suenan tan bien como hace algunos años. La izquierda española, al igual que la italiana o la francesa, será incapaz de impedir el retorno de la derecha neoliberal al poder. Pero no creo que eso sea lo que más le preocupe a Zapatero. Su obsesión por consolidar el bipartidismo hace ya tiempo que está acreditada. En eso sí es un fiel guardián de la herencia felipista.
¿Qué debemos y podemos hacer los ecologistas ante este panorama? Lo primero, demostrarle a los ciudadanos que puede existir un espacio político diferente, desde el que se pueden llevar a cabo otras experiencias. Y para ello es necesario tomar en consideración los movimientos sociales que han emergido, como mínimo, durante la última década. La mayoría de los cuales - a veces con matices y otras sin ellos - tienen en común la preocupación por la salud de nuestro planeta. Mientras que los partidos tradicionales, aunque todos ellos adornen sus programas con magníficas propuestas sobre desarrollo sostenible, en la práctica siempre se acaba imponiendo la lógica del crecimiento desmesurado y salvaje. El capitalismo es hoy igual de depredador que lo era a mediados del pasado siglo. Y ello pese a los supuestos avances legislativos en materia de protección del medio ambiente. De nada sirve legislar si después los poderes públicos no velan por el cumplimiento estricto de las leyes.
Esos movimientos sociales, aunque minoritarios, son los únicos que le recuerdan, principalmente a la izquierda, que progresivamente ha ido perdiendo sus señas de identidad. Son, junto con los ecologistas, la única esperanza transformadora que tenemos a la vista.
Militantes ecologistas y activistas de los movimientos sociales y culturales tenemos que ser capaces de actuar coordinadamente. Comprometiéndonos conjuntamente en la acción por la defensa de unos valores que antaño eran signo de progreso y sobre todo de esperanza para los más desfavorecidos. Si no somos capaces de construir ese marco de actuación, las esperanzas de cambio seguirán siendo muy remotas. Para el primer mundo y no digamos ya para el tercero y el cuarto que ya se vislumbra al horizonte.