Hay que salir del liberalismo
La presión de los lobbies sobre el poder político es tan fuerte que, en la mayoría de los casos acaban siendo los auténticos legisladores. Y no es infrecuente que un buen lobbista se conozca mejor todos los entresijos del texto legislativo que aquellos que en primer término lo votan y quienes después han de velar por su aplicación. Naturalmente, esos grupos de presión capaces de torcer la voluntad política están al servicio de un modelo económico, pero además, también defienden un modelo ideológico. El liberalismo. Incompatible de principio a fin con un modelo de desarrollo sostenible. Que es el único que toma realmente en consideración a largo plazo los intereses de la humanidad y consiguientemente del planeta tierra.
Hoy, y gracias a las luchas de los ecologistas desde hace casi treinta años, ya casi nadie niega que la ecología, además de ser una evidencia también es una necesidad. Asociaciones, colectivos de diversa índole y ciudadanos en general, tienen las esperanzas puestas en un cambio de comportamiento del poder político, para atajar los graves problemas que se ciernen sobre la vida de las diversas especies que conforman nuestro planeta. Lo que ocurre es que esas esperanzas se desvanecen al observar que pese a las advertencias – cada vez más numerosas – de la Comunidad Científica, poder político y económico se alían para la consecución de otros objetivos.
Como se ha demostrado, durante muchos años, la ecología siempre ha caminado por delante de la política. Y en la actualidad aún sigue siendo así, pero ya no es suficiente. Ya no podemos conformarnos con eso. Ahora el objetivo prioritario tiene que ser salir del liberalismo. Y en la vanguardia de esa lucha tienen que estar los ecologistas de una manera mucho más activa que lo han estado hasta ahora. Aportando, en primer término, respuestas a los graves problemas ecológicos que tiene el planeta y en segundo término, desarrollando la ecología política. Y no sólo con el pensamiento sino también con la acción. Una acción, a escala nacional claro está, pero sobre todo teniendo como marco de referencia la Unión Europea para impulsar nuevas políticas.
Esa regulación social y ecológica de la globalización sólo puede venir de Europa. Ni EE UU, ni China ni el resto de los países emergentes tienen – de momento – el menor interés por poner coto a los “daños colaterales” de la globalización.
La propuesta de Pacto Ecológico ya no es una boutade sino una necesidad. Y en un país como el nuestro, permanentemente señalado con el dedo por ser el primero de la clase en materia de incumplimientos sobre el medio ambiente, todavía más.
En países como Alemania, Bélgica, los Países Bajos y probablemente Francia, ese bloque ecologista y antiliberal ya está constituido y concurrirá unido a las próximas elecciones europeas. En Italia y España la situación es mucho más complicada. Y si realmente los ecologistas queremos salir de ella, lo primero que tenemos que hacer es crear un espacio propio y en torno a él, nuclear hasta donde sea posible el movimiento antiliberal. O sea, que tenemos que acabar con esa esquizofrenia de pactos que parece ser que es lo que más le preocupa a algunos.