El mozo y los testículos
El valiente mozo que lograba propinarle el lanzazo mortal tenía el privilegio de arrancarle los testículos al toro y blandirlos en el extremo de su pica. Pero como la autoridad competente se ha vuelto muy púdica, desde hace algunos años esta grotesca exhibición está desaconsejada. Lo que no impide que los más conspicuos se salten la norma. Una forma como otra cualquiera de exhibir su propia testosterona. El valeroso ejemplar de esta fauna será galardonado por el Ayuntamiento de Tordesillas con una insignia de oro y una lanza de hierro forjado. Algo así como el Príncipe de Asturias, pero en versión matarife.
El Toro de la Vega, es pues y ante todo, una cuestión de testículos. Un signo de la evolución humana, aunque Darwin no la haya consignado en su cuaderno de bitácora. Un olvido que ha sido reparado por la Junta de Castilla y León, legitimando este magno acontecimiento cultural en el año 1999, después de varios años de interrupción. Al parecer, para preservar una valor cultural de varios siglos. Un día de estos rehabilitamos a Guillotin y las decapitaciones en las plazas públicas. Al fin y al cabo, en tiempos de la Revolución Francesa este espectáculo también deleitaba a la plebe. Lo cierto es que un año más, este Reino de España con cetro y corona, volverá a ser portada internacional por el salvajismo perpetrado en Tordesillas contra un animal indefenso y atolondrado por una jauría humana. Nadie con un mínimo de sensibilidad y respetuoso con los ecosistemas que nos rodean puede aprobar una brutalidad de esta naturaleza. Se aderece como se quiera esto siempre será un síntoma de subdesarrollo. Por su monstruosa crueldad nadie puede pretender que el mundo civilizado lo vea de otra manera. En esta tierra comunera hemos de reconocer que la evolución, en todos los aspectos, va con ligero retraso. Pero eso en modo alguno justifica una práctica tan bárbara y decimonónica como esta. O esa otra que consiste en arrojar una cabra desde lo alto de un campanario.