Malos tiempos para los pobres
Nadie se salva. Aquí todo hijo de vecino está atrapado por el torbellino. Crisis financiera, económica, ecológica y hasta política. Y sino que se lo pregunten a los de IU o a los socialistas franceses. Los unos, clausuraron su noveno cónclave más desunidos que lo iniciaron y los otros, frente a frente como el perro y el gato, ante la sede de la Mutualité. Todo un símbolo de la izquierda, antes de que dejara de serlo, claro está. Este lugar emblemático ha sido el campo de batalla elegido por las huestes de Ségòlene y Martine para dirimir sus diferencias. El espectáculo ofrecido ha debido convulsionar al mismísimo Jean Jaurès en su tumba. Que duro es estar a la intemperie del poder. Allí como aquí, eso de la fraternidad entre compañeros es mucho más llevadero cuando hay algo que repartir. En tiempos de miseria ya es harina de otro costal. Acaben como acaben estas contiendas, lo que está claro es que la izquierda ya no es ni siquiera tradicional. Ni en el fondo ni en la forma. Se comporta exactamente de la misma manera que sus adversarios políticos a los que tanto ha criticado por sus raquíticos valores de todo tipo.
Pero si en esas dos ollas cuecen habas, en la nuestra a calderadas. Me refiero a esta singular y colorida familia nuestra. Los Verdes en materia de división somos campeones del mundo. Y como aquí vamos con mucho retraso nos recreamos en el refocile, emulando a nuestros compañeros transpirenaicos que se han pasado media viva en estado de excepción, hasta que por fin han caído en la cuenta de que cada vez eran menos. Han tenido que tocar fondo para que acabara imponiéndose la cordura y hoy afrontan las próximas elecciones europeas de junio con expectativas ciertamente alentadoras. Aquí por el contrario ni los más conspicuos pueden aventurar lo que ocurrirá.